Compendium: (37) Lunas autumnales.

“Dante y Virgilio en el Infierno”- obra de William Adolphe Bouguereau.

Sucesos del 5 de noviembre de 2019, 02:20 hrs. Templo de la Santa Muerte, Tultitlán, Estado de México.

La escena era escalofriante y dantesca.
Aquella ofrenda era, indudablemente, el perverso producto de una mente sádica y retorcida.

Igual que en otras ocasiones, las prendas de las víctimas sacrificadas se hallaban en pulcra condición, perfectamente bien colocadas en círculo en torno a un horrendo altar -hecho con cráneos y piel de cerdo, recubierto con flores de Cempaxóchitl y uñas humanas pintadas con grana cochinilla- que se hallaba a la entrada del templo dedicado a la Muerte.
Junto a cada prenda había un frasco de vidrio, y dentro de cada frasco, un feto humano.

Sobre el altar se habían colocado cuidadosamente las extremidades a medio-devorar de trece infantes: 6 varones y 6 niñas formaban parte de esta ofrenda.
De la decimotercera víctima no se sabía mucho, puesto que las mutilaciones a las que fue sometida antes de morir impedían identificar claramente su sexo; aunque, basándose en el estado en que fue expuesto su cuerpo, era evidente que se trataba de la víctima número 69 de Li-Tempo.

El responsable de esta abominación no sólo extrajo los labios, los ojos y la zona genital de esta personasino que, además, deshuesó completamente su torso
La voz de Claudia Sánchez no paraba de temblar mientras grababa sus observaciones en el magnetófono y la imagen del siniestro altar terminaba por revolverle el estómago y la consciencia.
Claudia no tardó en apagar su grabador. Permaneció inmóvil en el interior de su automóvil… únicamente su pierna coja manifestó espasmos nerviosos.

El pavor le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Y a su mente venía una y otra vez la visión de los intestinos expuestos, colgando del abdomen desgarrado de la misteriosa persona deshuesada sin que goteara siquiera el más ínfimo mililitro de sangre.

Lo que más la sobrecogía era el contraste con el que Li-Tempo llevó a cabo su creación; pues a modo de burla, el depravado criminal hubo coronado la cabeza sus víctimas con rodajas de limón y dispersado incontables semillas de granada en torno a aquella aberración estética y olfativa.

Claudia no era capaz de articular palabra alguna. Se sentía aterrada.
Nunca antes había presenciado una escena igual de grotesca.

Para ella era claro que, con su reciente obra completada, Li-Tempo superaba, oficialmente, cualquier nivel de monstruosidad alguna vez concebida por el ser humano.

La ex-reportera recordó las palabras de su amigo Julián…

“No sigas con esta investigación. Nada bueno va a salir de ella”.

Claudia Sánchez le dio vueltas al asunto una y otra vez. Lo cierto era que el Caso Li-Tempo le alteraba los nervios y le provocaba largas noches de insomnio y de angustiantes pesadillas.

Hacía ya varias lunas que ella había dejado de suspirar plácidamente con la caída del ocaso.

Había ocasiones en que Claudia oía murmullos y risas traviesas mientras repasaba las pistas de cada caso; a veces los sonidos provenían de sus mismas grabaciones, otras veces eran emitidos por la estéreo de su propio vehículo cuando ella sintonizaba la radio mientras iba de camino a su casa, a la cual llegaba siempre temblando.
Sólo conseguía recostarse de noche al tener las luces encendidas, de lo contrario no lograba relajar el más mínimo músculo de su cuerpo.
En lugar de de extenderse sobre la cama o sobre el sofá, permanecía en posición fetal en lo alto de una litera, con las cortinas bien cerradas y la puerta de su habitación perfectamente bien trabada con una enorme silla de madera robusta.

Adicionalmente, se había vuelto costumbre suya no solamente cerrar todas las ventanas y puertas de su apartamento con seguro, sino también colocar pequeñas trampas que hacían caer objetos metálicos al suelo, de manera que resultase sencillo detectar y repeler a cualquier intruso.

No conforme con estas precauciones, Claudia se había jurado a sí misma no llegar tarde a su hogar, por temor a ser vigilada desde las tinieblas. Ya desde hacía algunas noches comenzaba a sentirse acosada por una presencia perturbadora fuera de este mundo.
Una mirada penetrante la acechaba… pero no había quien la observara realmente. Quizá porque todo fuese parte de su misma paranoia.

No se olvidaba, además, de un detalle: el sanguinario Li-Tempo había conseguido evadir dos operaciones policiales como por arte de magia sin estar siquiera cerca de ser detectado.

¿Valía realmente la pena continuar con la persecución de un fantasma que no dejaba pistas tras de sí?

Sin la ayuda de Julián y sin testigos a quienes acudir, Claudia se sabía incapaz de atrapar o acorralar al depravado asesino. Y… aún si pudiese anticiparse al siguiente paso del monstruo, ¿quién podía asegurarle que Li-Tempo no trataría de darle caza a ella tarde o temprano?
El simple hecho de que el disoluto predador e infanticida hubiese conseguido escapar de la policía en dos ocasiones era señal inequívoca de que, de alguna manera, vigilaba los movimientos de las autoridades o, mejor dicho, de las personas implicadas en la investigación.

“Sólo Julián y yo conocemos los detalles de este caso” pensaba ella; y precisamente esa idea era la que le erizaba la piel y la hacía temblar como gelatina.

¿Quién podía garantizarle seguridad a la ex-reportera que desde hacía un año trataba de darle seguimiento al mayor criminal del siglo?


Claudia se recargó apesadumbrada en el asiento de su automóvil y tomó su termo, oculto cuidadosamente debajo del asiento de copiloto, para ingerir un poco de café expreso de doble carga, sin azúcar ni endulzantes de otro tipo.

Trataba de mantener así sus ojos abiertos para no caer rendida a los brazos de Morfeo. La madrugada no era precisamente el mejor horario para ella, pues la potencia de sus finos sentidos disminuían considerablemente con el cansancio y la angustia.

Por desgracia para ella, todavía faltaban varias horas antes del amanecer. Era tiempo de encender el auto y dirigirse a su casa lo más rápido posible.


Durante el trayecto intentó no pensar en el caso, sino solamente en el tránsito; no obstante, una certeza indeseable le pasaba constantemente por la mente. La siguiente fecha importante, 12 de diciembre, coincidía con el último plenilunio del año.

Era de suponer que Li-Tempo ya tenía contemplado el próximo lugar donde actuaría… miles de peregrinos estarían presentes en la Basílica de la Virgen de Guadalupe, a los pies del Tepeyac.

Era claro, también, que el asesino crearía una ofrenda particularmente blasfema, una que hiciera alusión a los orígenes paganos del culto a la madre, a la virgen. Tal hecho era inminente. Li-Tempo se mostraba cada vez más osado en sus infames delitos.
Había que detenerlo, ¿pero, cómo?

Para Claudia no había respuesta clara. Lo único que podía hacer era hacer suposiciones basadas en la obsesión esotérica del escurridizo predador para tratar de desenmascararlo.

Hasta ese momento, nadie sabía realmente nada acerca de Li-Tempo; tan sólo se sospechaba que se trataba de un varón de entre 30-40 años de edad, de complexión no muy robusta, pero de resistencia física superior a la del promedio, puesto que era capaz de raptar por sí solo a sus víctimas. Debía utilizar narcóticos muy potentes para adormecer a sus víctimas o quebrar sus mentes antes de desvestirlas, pues de lo contrario no podía explicarse que las prendas aparecieran sin forcejeo alguno… ¿O es que acaso se trataba de un hombre joven, físicamente atractivo y de personalidad discreta y a la vez encantadora capaz de cautivarlas?… ¡No, imposible! Patricia Romero y otras chicas más habían desaparecido en el interior de sus dormitorios. Un hombre, por más atractivo que fuese, causaría pavor irrumpiendo en cualquier propiedad.
Por otra parte, aún se desconocía cómo conseguía drenar la sangre de sus presas. Todavía no olvidaba al perro de la familia Romero, el cual quedó igual que una momia, y la única pista al respecto eran las dos incisiones en la garganta, cual si se tratase de una marca vampiresca.

Adicional al misterio del desangramiento de las víctimas, quedaba por averiguar el origen del desprecio que aquel sujeto sentía hacia los infantes y las mujeres jóvenes; las agresiones tenían una razón de ser. La fijación de Li-Tempo por humillar a sus víctimas, así como su obsesión por recrear escenas con fuerte connotación religiosa o hereje en cada ofrenda, debía provenir de todo un conjunto de traumas de la niñez y la juventud.
Quizá la clave para atrapar al asesino radicaba en enfocarse en el tipo de mitología a la cual hacía referencia con cada uno de sus sacrificios.

Si bien, en las más recientes escenas del crimen había indicios de un gusto predilecto por los cultos nahuas, algunos elementos parecían tomados de otro tipo de ritos. La elección de las fechas (coincidentes con plenilunio, novilunio, solsticios, equinoccios y eclipses) revelaba una fuerte tendencia hacia la brujería, mientras que el uso de pieles y huesos de animales no autóctonos de México indicaba influencia de ritos de otra índole. Sin embargo, aquello seguía sin revelar la gran cosa.

Li-Tempo parecía adorar a una deidad solar en concreto… pero, ¿a quién?
Si Claudia podía desvelar el misterio, la posibilidad de hallar al responsable de los recientes crímenes podría ser encerrado tras las rejas.

… Faltaba un detalle.

En cada muestra que ella recogía y en cada escena que presenció, había siempre alguna pista cánida, ya fuesen rastros de pelaje de procedencia inhumana o las marcas de las mordidas en los huesos de los desfallecidos.
Todas las muestras que Claudia enviaba a los Estados Unidos indicaban lo mismo: coincidencia de ADN tanto de humano como de lobo en cada muestra de pelo.

Pasadas las 3:40 am, el Chevrolet Optra plateado de la ex-reportera arribó a su destino. Para ese momento todos sus vecinos dormían profundamente, por lo que Claudia descendió del auto con cierta cautela, tratando de no interrumpir la siesta de nadie.

Sacó sus llaves… eran muchas en un mismo llavero.

Trató de abrir, y por obra del cansancio se le cayeron de las manos…
… Las llaves chocaron contra el suelo sin emitir sonido alguno.

Un escalofrío paralizante recorrió de inmediato su sistema óseo. Los dedos se le entumecieron y sus piernas perdieron fuerza.

Ella cayó inconsciente.

Miércoles 11 de diciembre, 11:11 pm.

Claudia seguía en cama.

Tras haber pasado poco más de una semana y media hospitalizada, decidió ausentarse un tiempo de la ciudad. Permaneció en la casa de campo de su hermano Víctor, al norte del estado de Puebla.

Julián estaba al lado de ella, sentado en una banca rústica de madera añeja. Su amiga no paraba de temblar cada vez que caía el ocaso.

De acuerdo con las declaraciones de los vecinos que la descubrieron a la mañana del 5 de noviembre, Claudia quedó tendida a la entrada de su apartamento.
Fue ingresada al hospital más cercano, pues se hallaba muy débil y delirante.

A falta de sangre en su cuerpo, tuvo que ser sometida a una transfusión, la cual logró estabilizarla.

El examen médico mostró además, algunos desgarres en la zona del recto y rasguños en la pierna izquierda, su pierna coja.

Ella no recordaba nada acerca de algún ataque. En su lugar, mantenía una laguna mental.

Para Julián era evidente que el suceso no fue accidental… Li-Tempo, entre tanto, perpetraba su siguiente asesinato.

Hubo un tiempo…

Créditos al fotógrafo original.

Hubo un tiempo en que realmente creía en la fantasía: en los finales felices, en el triunfo del bien contra el mal, en el poder del amor y de la amistad, en los frutos del esfuerzo y en la recompensa del actuar ético y de la justicia…

Hubo un tiempo en que realmente creí que, con dedicación y rectitud, podría alcanzar mis sueños, los cuales consideraba inocentes en aquel entonces.
Ahora me río a carcajadas de mi ingenuidad.

¡Cuán equivocado estaba! La realidad del mundo es que nada es inocente, nada es justo, nada es perdurable y nada es desinteresado.

Aún las más bellas fantasías hieren cuando cobran fuerza.


Hubo un tiempo en que creía en la bondad de la gente, pero eso fue hace ya algunos años, antes de presenciar el poder abrasador del egoísmo y de la perversión del ser humano, antes de contemplar la cautivadora entropía del mundo.

¡¿Quién diría que acabaría en el lado opuesto de mis viejos ideales, ahora obsoletos?!

Algunos dirán que es desilusión; yo digo que es el realismo más puro el que me engulle y me abate día tras día.

Ya no creo en muchas cosas, y ello se debe a que ahora veo todo en términos de costo-beneficio, de conveniencia y de preferencias… en fin, en términos de coincidencia o pugna de intereses.

Alguna vez te mencioné que aún detrás de cada acto nefasto y en lo profundo de cada decisión egoísta se hallaba un impulso elevado que fungía como motor de la voluntad y del actuar. Pero ahora ya no creo en esas patrañas.

Me pregunto porqué era yo tan crédulo e idiota, aunque siempre llego a la misma conclusión: deseamos convencernos de la veracidad del mito; drogarnos con la falacia de la virtud.

He renunciado ya a mis anticuadas creencias nobles, ahora sólo creo en lo visible, en lo palpable y en lo canalla; la experiencia no me ha dejado otra opción.

Tú llegaste a estas conclusiones antes que yo. Trataste de advertirme. Pero preferí hacer caso omiso a tus observaciones. Ahora, pago alto el precio.

Día tras día, noche tras noche, pienso en tus palabras y en mis incontables equivocaciones pasadas cada vez que traté con la gente. Pero eso no cambiará las cosas; el pasado es Historia, me guste o no admitirlo.

Hubo una vez en que creí en el destino, suponiéndolo siempre benévolo. Pero ahora me doy cuenta de que tal concepto no es más que un conveniente pretexto para legitimar la fortuna de los poderosos y la marginación de los inconformes, que al final acaban conformándose con el status quo imperante del momento.

En fin, hubo un tiempo en que realmente creía en la pureza y en los altos principios. Pero ahora, sólo veo el absurdo batallar de unos con otros.

Bien lo decía Hobbes: el hombre es el lobo del hombre.

¿Qué puedo hacer yo ante tal situación?
No me queda sino aguardar al estallido de la próxima guerra, esperando que algún día pueda presenciar la tragicomedia de este absurdo llamado vida.

Compendium: (36) ¿Quién habla?

Sucesos del sábado 14 de septiembre, 12:30 hrs.

Tocaron el timbre de la casa No. 60 de la Calle Guanábana, donde vivía Johan, quien tardó en abrir la puerta, pues debido a recientes presentimientos alarmantes, temía a que se tratase de una visita sombría… pero no olía a azufre, y el exterior todavía estaba lleno de sonidos diversos.
Debía tratarse de alguien más.

-¿Quién? -preguntó Johan.

-Soy yo, bro… -le respondió una voz extrañamente familiar- … Uriel.

Un escalofrío le recorrió la espalda a Johan. El momento bien parecía más bien un sueño o una alucinación, aunque de manera autómata Johan abrió la puerta sin pensar en las posibles consecuencias.

Frente a él estabas tú. ¿O se trataba acaso de un extraño?
Delante de sí había un sujeto muy flaco con apariencia pordiosera. El cabello de aquel hombre era largo, al igual que su barba enmarañada; sus uñas estaban cubiertas de mugre y parecían garras descuidadas, vestía con unas prendas sucias hechas de lana tosca con olor a humedad, su mirada era la de un mendigo o un lunático que ha vivido extraviado en la obscuridad y en el frío del vacío por largo tiempo. Pero no había duda alguna de quién se trataba…

-¿Puedo pasar?

… Definitivamente eras tú.


Sucesos del viernes 11 de octubre a las 23: 32 hrs.

Transcurrió un mes desde el extraño suceso que experimentó Julián en el Centro Histórico.
El viernes 11 de octubre se coronó con una luna gibosa, la cual aguardaba a la noche del domingo 13 para volver a atemorizar a la capital.

El entonces presidente del país pudo contener la intromisión de la prensa -aunque a costa de esfuerzos sobrehumanos para coordinar a los secretarios de Estado de mayor confianza- y con ello evitó la oleada mediática por parte de la oposición, mas no por ello el Gabinete de Seguridad permaneció de brazos cruzados.
La presidencia se mantenía en el dilema de contactar a la INTERPOL para solicitar la intervención de agentes encubiertos que fuesen capaces de hallar a Li-Tempo 0.01, ó bien, confiar el trabajo al único cuerpo de investigadores a tiempo completo que en ese momento ya tenían en sus manos la mayor parte de los avances y registros del caso, es decir, el equipo formado por Julián y la ex-reportera Claudia Sánchez.

-Pasado mañana es la luna del cazador -comentó Julián muy preocupado a su amiga. El pobre hombre no se atrevía a salir de casa desde su encuentro con la bestia del Zócalo; había incrementado exponencialmente su consumo de tabaco y ahora cubría todas sus ventanas y evitaba inclusive tener el celular prendido. Parecía un animal asustado, acorralado dentro de su propia madriguera.

-Julián, me tienes preocupada -admitió Claudia- Cada día te veo más flaco y eso no es normal. Y sigues sin decirme lo que pasó esa vez.

-No lo comprenderías…

Julián, normalmente seguro de sí mismo e inmune a las escenas más terribles, se hallaba ahora pálido, con grandes ojeras y temblores involuntarios. Sus ojos ya no brillaban, ya no expresaban nada, salvo extravío y temor irracional.

-Por favor, Julián -insistió Claudia- Dime qué fue lo que viste aquella noche.

-¡Déjame en paz!

Él se retiró furioso de la sala y se encerró en su habitación con seguro. Claudia tocó desesperada a su puerta, pensando que su colega trataría de suicidarse.

-¡No hagas una pendejada, Julián! ¡Julián!

Ella le exigió que abriera la puerta, y forcejeo en vano para aflojar la chapa.

Después, la voz insegura de su amigo se hizo escuchar.

-Atacará en este mes, Claudia… lo hará en frente del Templo de la Santa Muerte.

-¡¿Qué demonios me dices?! ¡Abre de una vez la maldita puerta, Julián!

-Es inútil, no atraparemos nunca a Li-Tempo.

-Déjate de chingaderas y abre la puerta -le dijo furiosa la ex-reportera- ¡No hagas nada estúpido!

Aparentemente no debería haber motivo alguno por el cual su camarada, obstinado y terco como era, de pronto retrocediera cobardemente. Ciertamente Claudia no entendía el repentino cambio de actitud de su colega.


Julián, por su parte, ni siquiera conseguía pensar con claridad; tan sólo miró las manecillas de un viejo reloj de péndulo que se hallaba al lado de la ventana de su cuarto.
No paraba de temblar del pánico. Y no se atrevía a decirle a su amiga lo que en verdad le aterraba.

Hacía algunos días -el 28 de septiembre, noche de novilunio- recibió una llamada de parte de un número desconocido…


Esa noche, justo al dar las 11 en punto, su celular vibró y sonó escandalosamente.

-¡¿Bueno?!

Los sollozos de una voz femenina trataban de pedir auxilio, el tono era de desesperación, pero la voz era ahogada.

Ayuda… necesito ayuda.

-¿Quién habla?

De pronto un ruido de transición, semejante al de un papel o un cartón viejo, acalló a la chica; en su lugar, una profunda exhalación gutural se apropió del teléfono.
Julián no quiso colgar de inmediato. En su lugar, trató de usar un dispositivo que tenía siempre a la mano para rastrear llamadas sospechosas.

Tardó muy poco en preparar su artefacto -menos de 8 segundos en realidad- sin embargo, no estaba preparado para lo que escuchó después.
Una voz masculina, tendiente a andrógina, se aquejó como si estuviese llorando desconsoladamente.

Por favor… traigan una ambulancia, se lo imploro, Julián.

Los pelos se le pusieron de punta al investigador. Nunca había escuchado aquella voz, pero el sujeto detrás del teléfono desde luego que sabía su nombre… ¿quién era?

– ¿Quién habla?

El hombre al otro lado moqueaba sin control.

Por favor, Julián… llame a la ambulancia. Esta pobre chica necesita ayuda urgente.

-¿Trata de extorsionarme?

Por favor, no me haga esto, oficial -dijo el sujeto de voz semi-andrógina con profunda desconsolación- Hace 15 días nos topamos en el Zócalo…

En ese momento Julián quedó paralizado por completo.
Recordó su encuentro con la criatura del Zócalo; aquella de mirada lasciva y depravada, y de apariencia sobrenatural.
El sudor frío empapó casi al instante la frente y espalda del investigador.

El misterioso locutor continuó hablando.

Quiero entregarme, Julián. Pero esta chica requiere ayuda médica. No sé cuánto tiempo más podré dejar de succionar su orina. Ha orinado mucho, Julián

“¡Suficiente!” quería gritarle a ese extraño, pero el miedo y el hecho de que el desconocido siguiera llamándole por su nombre le perturbaba.

-… Ella es la número 69, Julián… Por eso he matarla de otra forma, más ingeniosa, igual que a los otros niños que tengo encerrados. Me he atrasado… Debo parar.

La garganta de Julián se enfrió por dentro de manera inexplicable. No sabía qué decir…

-¿T-t-t… te entregarás?

El locutor emitió un sollozo extremadamente escalofriante. De alguna manera, soltaba una pequeña risa ratonil, de modo semejante a como haría un ventrílocuo cuya alma ha vendido al diablo.

Espere al Samhain, oficialespere al Samhein.

-¿Quién eres?

¿Cómo sigue Claudia, oficial? -le preguntó el extraño con tono melancólico- Desde que la vi cojear al bajar de su auto plateado, mi lívido se mantiene insaciable.

Aquello cabreó a Julián, quien de inmediato reaccionó, completando el rastreo de la llamada con su aparato.

Sé que… sé que no me cree, Julián. Quiero entregarme; pero no puedo hacerlo todavía.

-¡Ya me estás colmando la paciencia, imbécil! ¡Dime quién eres!

Una respiración profunda y repetitiva permaneció al otro lado del teléfono… Julián obtuvo entonces el resultado de su dispositivo:

“ERROR”


Es inútil… -le dijo la misteriosa voz andrógina con profunda tristeza fingida- La magia del diablo supera sus artefactos, Julián.

-¿Quién chingados eres, cabrón de mierda?

El desconocido soltó una carcajada histérica difícil de interpretar.

Aquella morenita con la que salió; deliciosa… ¿quiere saber su nombre?




La puerta se abrió de golpe.


Claudia entró bruscamente a la habitación de su colega, a quien encontró en posición fetal en la esquina opuesta a la entrada del cuarto.
Las lágrimas escurrían por las mejillas de Julián, igual que un niño abatido emocionalmente por las palabras de desprecio de un ser querido.

Claudia se acercó despacio, y se hincó de rodillas frente a él, tratando de mirarle a los ojos, igual que una madre que intenta consolar a su pequeño.

-¿Por favor, Julián, dime qué sucede?

Él no respondió… sólo lloró amargamente, ocultando su cabeza en medio de sus rodillas. Dejó que escurriera la mucosidad de su nariz y desahogó todos los sentimientos que llevaba reprimiendo desde su adolescencia.

Recordó a aquella chica morena con la que salió la última noche de procesión a fin de curso.
La llamada de Li-Tempo le había herido de golpe, dejándolo petrificado.

-… Su nombre era Leila.



Jueves 31 de octubre.

Era cuestión de tiempo para que aparecieran nuevas víctimas… Li-Tempo ya tenía en mente su ofrenda de Samhein.

Compendium: (35) Luna llena en viernes 13.

Imagen de dominio público.

Miércoles 11 de septiembre, área metropolitana de la Ciudad de México.

Se avecinaba el peor de los escenarios, pues el viernes 13 coincidía con la luna de la cosecha -la luna llena que anuncia el advenimiento del otoño.

-¡Vamos, Claudia! Estamos perdiendo el tiempo -le decía Julián al otro lado del teléfono.

Ambos investigadores sabían que no había tiempo que perder si realmente pretendían capturar a Li-Tempo.
Aún no se tenía pista acerca de cómo seleccionaba a sus víctimas -la única hipótesis que se tenía era que el asesino las elegía al azar acorde a sus fetiches y a sus obsesiones esotéricas- y lo único que se podía hacer era descubrir el lugar donde Li-Tempo dejaría su siguiente ofrenda…


… Mientras tanto, en el domicilio No. 60 de la calle Guanábana en la Ciudad de México, Johan se preparaba para afrontar la larga noche.

Últimamente había sentido una presencia cerca de él. Pero no se trataba de una presencia atemorizante, sino de una más apacible, como la que proviene de un amigo o un familiar, mas no por ello le dejaba de provocar escalofríos.

Quizá esa extraña sensación se debía al ciclo lunar. Sin embargo, Johan no sabía con precisión el motivo por el cual dicho fenómeno era tan recurrente de un tiempo a la fecha.

Cada noche de plenilunio era una pesadilla para él. Ni siquiera atrincherado tras los muros de su casa bajo la protección de su vasto ejército de peluches se sentía seguro; aunque lo cierto es que de poco le habría sido tener al mismísimo Estado Mayor Presidencial, puesto que el pavor solía roerle los huesos al caer el ocaso. Esa sensación era producto de su hipersensibilidad al ámbito sobrenatural.

-¿Tú qué opinas, Howli? -le preguntaba Johan a uno de sus animales de felpa, el más pequeño de los que poseía, el cual imitaba la forma de un inofensivo zorro rojo de ojos amarillos.

Johan no se dejaba engañar por la apariencia inocente de ese peluche vulpino que le revelaba en sueños diferentes acontecimientos de obscura índole.

“Este viernes 13 volverá tu amigo” parecía decirle el cánido “Pero no has de bajar la guardia. Él ya está aquí”.

-¿A qué te refieres con “él”? -le preguntaba al pequeño zorro de peluche, el cual simplemente permanecía inmóvil, como es natural en un juguete.

La luna en tanto iba ascendiendo cada vez más en el firmamento, anunciando el siguiente asesinato…

Viernes 13 de septiembre de 2019, Centro Histórico de Ciudad de México, 22:00 hrs.

Julián volvió a observar el cielo nocturno. La luna llena resplandecía como pocas veces lo hace, con una luz cautivadora y misteriosa.

En esta ocasión, contaba con menos unidades policiales, ya que la mayor parte de las fuerzas de seguridad terminaban de preparar el desfile que se llevaría a cabo la mañana del lunes 16, en conmemoración del Día de la Independencia de México. No obstante, los hombres a disposición de Julián eran experimentados: once tiradores y trece granaderos se mantenían alerta en las inmediaciones de las ruinas del Templo Mayor.

Julián dedujo que aquel sería el sitio más probable en el cual Li-Tempo depositaría su siguiente ofrenda, una en honor la Coyolxauhqui, puesto que en dicho lugar es donde alguna vez fue hallada la gran piedra que mostraba a la diosa descuartizada.
Además, era poco probable que el asesino quisiera volver a Teotihuacán para actuar (Li-Tempo no dejaba un cuerpo en el mismo sitio, salvo por algunas excepciones).

Un mal presagio atormentaba al investigador, quien en su subconsciente escuchaba el clamor, las súplicas y las maldiciones de centenares de hombres consumidos por las llamas de una hoguera inexistente.

-¡Pamplinas!

Julián vio cómo el suelo se cubría con la fría neblina del Valle de México. De las alcantarillas brotaba, además, el vapor de las aguas negras, que se entremezclaba con la bruma que traía consigo la noche húmeda y gélida.

A pesar de la poca visibilidad, los veteranos confiaban en la efectividad de la trampa que le tendían a Li-Tempo. A menos que la somnolencia venciera a todos a la vez, no había manera en que el asesino no fuese visto y capturado al fin.

Julián permaneció atento desde la comodidad del asiento de conductor de su automóvil gris acero.

El sonido de algunos vehículos y el bullicio difuso de los barrios circundantes, donde prostitutas y bandidos todavía realizaban algunos negocios secretos, rompían el silencio de las tinieblas.

Por su parte, la luz mística de la luna transmitía una calidez peculiar y peligrosa que se asemejaba al aura de Artemisa, esperando en las alturas para arrojar flechas plateadas contra una presa digna de ser abatida.



La temperatura descendió considerablemente pasada la medianoche. Las paredes viejas y las calles empedradas del centro histórico adquirieron un toque entre Porfirista y virreinal, que apabullaba el temple intrépido de cualquier hombre osado e imprudente. No obstante, Julián y sus hombres permanecieron aún por largo tiempo en sus posiciones.

Aunque claro está, por más paciente que sea alguien, nadie puede mantenerse inmóvil en un sitio sin que la vejiga resienta varios litros de café cargado; Julián no fue la excepción a la regla…

Se bajó del automóvil sin importarle que estuviesen pasando ratas o cucarachas de una alcantarilla a otra por la banqueta en que se hallaba, abrió su bragueta y apuntó su miembro directamente hacia la llanta más próxima de su propio carro. Regó entonces aquel neumático con un prolongado flujo dorado de olor concentrado.
Una sensación indescriptible de alivio antes contenido recorrió su cuerpo, su mente quedó aliviada al ya no haber más inquietudes por liberar, no más necesidades de las cuales encargarse, salvo por volver nuevamente a vigilar desde el interior cálido del auto.

Julián no terminaba de cerrarse la bragueta cuando de pronto un sonido garrasposo le heló el temple.

El gruñido gutural y bronco de un enorme cánido le amenazó desde el otro lado de la calle en que se hallaba.

La criatura le miró a los ojos al tiempo que de lo profundo de su ancho pecho emitía un sonido irreal, como entre risa y ronroneo torvo. Las pupilas de aquel ser destellaban con un brillo inusual, no sobrenatural, sino con un brillo lascivo, uno semejante al de un depravado que se masturba delante de un niño indefenso… la consciencia igual de humana e igual de desafiante se entreveía en las pupilas de la bestia.

El sudor no tardó en aparecer en la frente de Julián, quien quedó estupefacto al instante. Aquella visión era irreal y espeluznante, pero al mismo tiempo real y absurda.

Julián trajo hacia sí la manija del auto y abrió la puerta lentamente, procurando no exaltar al animal que tenía frente a la calle.
Temeroso, entró al vehículo y cerró de inmediato todas las puertas con seguro, cerciorándose de no dejar una sola ventana abierta.

El engendro permanecía en el mismo sitio, sin dejar de mirarle. Julián se sintió aprisionado en su propio coche.

Con la mano temblorosa a causa del pánico que comenzaba a hacerse más intenso, cogió su celular y con gran esfuerzo consiguió desbloquear la pantalla. Pero su mirada perturbada no podía dejar de observar a la criatura cánida.

Un hormigueo agudo e invasivo le recorrió el cuello y toda la espalda a Julián.


El pobre hombre intentó marcar el número de su amiga, Claudia, o el de cualquier otro contacto suyo. No obstante, Julián no pudo concretar el acto…
… Simplemente permaneció paralizado.

La calle dejó de emitir sonido.

El brillo de la luna -por primera vez- perdió intensidad, y se tornó pálido.

“¡¿Y los demás dónde están?!” se preguntó desesperadamente Julián.
… Por primera vez, sintió la inmensidad de su vulnerabilidad.



Nadie acudió a él; era como si de manera abrupta hubiese quedado atrapado en el limbo o en el Hades, delante de un can Cerbero con ansias de probar la carne mortal.

Por motivos que Julián desconocía, su cuerpo fue subyugado por un agotamiento indescriptible. Toda su energía fue disminuyendo a cada minuto, pero sus párpados permanecían quietos, sin cerrarse.

La fantasmagórica bruma cubrió poco a poco el auto y la calle. La criatura extraña, por su parte, no dejó de observarle.

Un ligero destello naranja salió del interior de la neblina y únicamente la mirada de la bestia permaneció visible, como la luz de un flash de cámara que permanece en los ojos del espectador y que tarda en desvanecerse por completo. El efecto cegador de esa mirada, de esos ojos perversos, aturdió a Julián y al poco tiempo le dejó inconsciente.




… Poco después se hallaba él despierto. Eran ya las 4:00 a.m.

De no ser por una misteriosa oleada de aire frío surgida del interior de su auto hermético, Julián no habría vuelto en sí.
Su cuerpo estaba paralizado, pero sus nervios temblaban como gelatina.

“Fue sólo un sueño” se dijo a sí mismo, tratando de calmar su temple.


… Le interrumpió una voz salida de su walkie-talkie

“Capitán, tenemos un hallazgo en las ruinas”.

-¿Qué tipo de hallazgo?

“Es un cuerpo, señor. El asesino volvió a escapar”.

Sometimes.

Drawing made by @geliumschatten

Sometimes I sit myself in the coldest rock I can find just to get a gaze to the distant stars, to the blinding moon and to the infinite darkness of the night. My mind goes far away with every luminary I can find with my eyes while my breath stays here, in the Earth, waiting for the calling that comes from the depth of the woods.

I cannot catch any light, even when I try to watch inside the falling stars.

Maybe sometime I’ll get a brightly dream from the sky, or maybe I will catch an ablaze wish from the mortal world.
…Who knows?

I don’t have any other aspiration but to trap an igneous desire from an ambitious being.

Maybe I won’t get any prize, but at least I will see the moon again… Sometime.

Sobre el Maquiavelismo. Parte 4: La estructura.

Cúpula de la Catedral de Santa María del Fiore, en Florencia.
Obra de Filippo Brunelleschi.

Crédito al fotógrafo original.

En el libro primero de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Maquiavelo expone no sólo pasajes míticos e históricos de la fundación y el ascenso de la Antigua Roma, sino que además establece de manera inicial algunas preguntas concernientes a la organización del mandato y la estructuración del orden civil, así como sus respectivas observaciones en torno a las mismas: ¿en quién debe radicar el poder, y por qué motivo, sin que resulte perjudicial socialmente?, ¿cómo se debe organizar o reformar un Estado y cómo se le debe administrar?

Retomemos una de las leyes del Poder expuestas en la Parte 3 de este trabajo: Nadie gobierna solo.
Este precepto es crucial para dejar en claro que necesariamente el ejercicio del Poder conlleva al establecimiento del aparato político u organizacional (que en otras palabras hace referencia al tejido institucional o administrativo de una sociedad, sea ésta de naturaleza pública o privada).

Maquiavelo menciona que todo Estado está conformado (de forma general) de plebe, gentileshombres y patricios; entendiendo por plebe al vulgo o pueblo en general -los gobernados cuya participación política o poder de decisión sobre la actividad económica es limitada dada sus modestas fuentes de ingresos, dependen de su fuerza de trabajo y de la cualificación de la misma-, por gentileshombres a quienes únicamente viven de sus rentas sin llevar a cabo actividades de trabajo físico ni de emprendimiento -en términos marxistas, éstos serían los verdaderos propietarios de los medios de producción, por ende viven de la renta y de los intereses, podemos hablar aquí de terratenientes y nobles; quizá también se pueda englobar en esta categoría a los banqueros-, y por patricios a quienes generan la riqueza por medio de los negocios -en otras palabras, son los empresarios y los emprendedores, la gente de negocios.

Para el florentino, el buen funcionamiento de los Estados surge de los mecanismos que se diseñan para canalizar la voluntad de los tres grandes grupos señalados y efectuar así los proyectos nacionales. Dichos mecanismos funcionan de acuerdo a un marco normativo, el cual ha de respetarse y debe velar primordialmente por “arbitrar vías por donde el pueblo pueda desfogar su atención“, sólo así puede prosperar el Estado, el cual no necesariamente debe organizarse como república para cumplir con dicho propósito.

Se explica: Maquiavelo retoma la categorización que los filósofos griegos hicieron de las diferentes formas de gobierno. Siendo éste el caso, él menciona que los Estados pueden ser de tipo popular, aristocrático o monárquico (los cuales tienden a degenerarse respectivamente en gobiernos de tipo licencioso, oligárquico y tiránico).
Según el florentino, la mejor manera de evitar esta degeneración de los gobiernos puros es articularlos en una única estructura, la República.
Esta estructura se sostiene por las instituciones y las leyes que la conforman, de manera que se puede canalizar la voluntad de los grupos sociales y se vuelve posible gobernar a pesar de la existencia de las diferencias sociales (mejor dicho socioeconómicas).

Si bien en las repúblicas las instituciones son esenciales, para que un principado no degenere en tiranía igualmente debe sostenerse en ellas. La diferencia entre una república y un principado radica pues, en los propósitos que persiguen las instituciones en dichos regímenes.

Mientras en una república es deseable que los gobernados sean ciudadanos, en los principados se espera que los gobernados sean súbditos. Dicho de otra manera, las repúblicas se caracterizan porque el diseño, la implementación, la reformación y la eliminación de las leyes requieren la participación, o al menos la aprobación, de los gobernados; mientras que en los principados, las mismas labores únicamente las llevan a cabo los gobernantes en conjunto con los grupos de interés que impulsan la generación de riqueza, de manera que en estos gobiernos, la influencia de los gobernados sobre las decisiones políticas es limitada y tiende a ser pasiva.
Mientras que en las repúblicas, el tejido institucional busca canalizar la voluntad de las mayorías, en los principados se procura complacer a los súbditos, favoreciendo el orden.

Aquí conviene recordar algunas observaciones que hacen Bruce Bruno de Mesquita y Alastair Smith para complementar las del florentino.

Para los autores de El manual del dictador, las relaciones de poder dependen de los mecanismos a través de los cuales se lleva a cabo la recaudación fiscal y las políticas distributivas y redistributivas. De tal manera que las “democracias” funcionales se mantienen estables gracias a que los ciudadanos, al ser los principales generadores de riqueza, pueden contribuir fácilmente a la recaudación del tesoro, el cual posteriormente se destina a los proyectos públicos y a las políticas que favorecen el incremento de la productividad de los sectores más dinámicos y significativos de la nación -así es como se va mejorando el bienestar social-; en tanto que la riqueza de las autocracias depende más bien de fuentes bajo control del Estado (recursos naturales estratégicos o rutas comerciales), de manera que el gobierno puede destinar lo mínimo necesario al bienestar de los súbditos para no matarlos de hambre y evitar rebeliones, mientras que el grueso del tesoro se destina a los bolsillos de los ministros y de los generales, para asegurar así la lealtad de éstos para con el jefe de Estado.

Retomando estas observaciones, podemos afirmar que el propósito para el cual existen las instituciones es asegurar la recaudación fiscal e implementar las políticas públicas que perpetuarán el funcionamiento del aparato político en el largo plazo.
A ésto se añade que las normas bajo las cuales operan las instituciones son las leyes.

Y he aquí, que la manera en que se crean e implementan las leyes es lo que determina al tipo de gobierno imperante en un Estado.

Mientras que en un principado el gobernante debe acatar las leyes vigentes y no puede imponer arbitrariamente su voluntad sin consultar previamente a sus ministros y a los líderes de los grupos de interés (estableciendo, además, un lapso de tiempo pertinente para evaluar la funcionalidad de las leyes aprobadas), en una tiranía las leyes son de facto inexistentes, puesto que la voluntad y el capricho del gobernante está por encima de ellas. Y mientras que en una república el cumplimiento de las leyes se respeta por sobre todas las cosas para mantener vigente el Estado civil, en una sociedad licenciosa las leyes son igualmente inexistentes, dado que no se cumplen o se les menosprecia -lo cual conlleva al retorno del Estado de naturaleza del cual Thomas Hobbes nos advierte en el Leviatán.

En la tiranía y en la anarquía, el marco normativo carece de sustento y de autoridad. Tanto el gobierno como los gobernados infringen la ley y con ello se pierde el monopolio de la violencia que en teoría ejerce el poder soberano, el cual deja de serlo. Se rompe así el contrato social y la estructura se derrumba.

Es por ello que tanto las repúblicas como los principados deben asegurarse de que la ley se cumpla a como dé lugar. Aunque mientras que en las repúblicas la ley pretende reducir la brecha socioeconómica estableciendo la igualdad ante la ley entre todos los individuos de la sociedad, la ley en los principados busca establecer un equilibrio bajo el cual a los gobernados no se les oprima fiscalmente (permitiéndole inclusive a sus individuos más brillantes destacar en diferentes áreas) al tiempo que las riquezas de las élites gobernantes se incrementen aún más.

La república depende del culto a la igualdad jurídica y del desprecio a la perpetuación de uno o unos pocos individuos en el poder. El principado, en cambio, depende de la posibilidad que tienen los ambiciosos de enriquecerse bajo el amparo legal de las instituciones.

En ambos casos, el gobierno se ve obligado a establecer leyes estrictas que cumplan con los fines que persigue la razón de Estado.

Era Interplanetaria: Capítulo I. Una vez más.

Sucesos posteriores a la Destrucción de Zvímera.
Base venuriana de Esteïga, en el sistema planetario de Sirio.

Aportación de @geliumschatten

Un ente corpulento de 7 extremidades (3 zancas y 4 “brazos”) salió apresuradamente de una reunión con sus superiores; era prioritario para él llegar a la pista de lanzamiento espacial de aquella base militar.

El coronel Uskër cojeaba de una… ¿pierna?
Para los terrícolas sería impensable que una aberración así fuese descrita como un ser humano, puesto que se asemejaba más a un arácnido robusto cubierto con vellos urticantes que mantenían estable su temperatura corporal y le protegían de los ataques imprevistos a su cuerpo.

Con sus tres largas y velludas zancas artrópodas sostenía su compacto y potente torso de cabeza ancha y medianos brazos (cuatro extremidades humanoides) de tres dedos cada uno.

Con sus seis ojos podía escudriñar el ambiente en que se hallaba, viendo de reojo diferentes ángulos del exterior; aunque en ese momento crucial su mirada sólo observaba hacia el frente, pues su mente sólo pensaba en despegar cuanto antes de la base para dirigirse hacia la estación venuriana de Selene, en la órbita de la Gea (mejor conocida por los humanos como Tierra), ubicada en el Sistema de Sauel (el Sistema Solar).

Una nave esperaba al coronel Uskër en la estación de lanzamiento, la cual lo transportaría hasta un portal interestelar que le conduciría velozmente hacia su destino.

Las comunicaciones de un sistema a otro todavía no eran estables, a como sí lo eran los portales, diseñados con altos costos energéticos y tecnológicos para trasladar mercancías y tropas de un sistema planetario a otros más distantes, que de otra manera quedaban a años luz de distancia.

El coronel Uskër tenía órdenes precisas: debía llegar lo más pronto posible al portal de Marte (en el Sistema de Sauel) y posteriormente asegurarse de que se acatara la voluntad del Mando Central venuriano, que en pocas palabras implicaba la coordinación de las defensas terrestres y trasladar de inmediato a un recluso que estaba confinado en una prisión de máxima seguridad en la ciudad flotante de EosVenti, en Venus.

El trayecto desde el planeta rojo hasta el lucero del alba sería tardado, en el camino habría de hacer una parada en la estación de Selene, para alertar a los colonos de Gea sobre el peligro inminente que se avecinaba, antes de ir por el prisionero…
No había tiempo que perder.

El coronel llevaba consigo no sólo sus insignias, sino también un cinturón y una… especie de chaleco especial, en el que podía resguardar todo un arsenal de artefactos de alta peligrosidad y de comunicación avanzada -por lo que no es de sorprender que haya decidido conservar sus instrucciones (grabadas en holograma) al interior de su equipo.

Su tercer pata, la coja, provocaba en él una intensa corriente de dolor apenas mitigado por las altas dosis de narcóticos suministrados por su médico. Era para él, un recuerdo de las batallas pasadas y de los infames recuerdos de la Guerra Zvimeriana, finalizada treinta años antes de manera trágica.

El coronel aún tenía pesadillas en que volvía a vivir en carne propia los horrores de la guerra. El zumbido petrificante de las tropas zvimerianas todavía le hacía crujir el exoesqueleto, paralizándole el temple y desgarrando sus nervios, otrora de acero.
Por si eso no fuera suficiente, su abdomen carcomido ya cicatrizado, no hacía más que revivir el dolor de sus entrañas ya perdidas por las larvas de Zvímera.

Él se sabía afortunado por sobrevivir a aquella raza alienígena de incomprensible cultura. ¡¿Cuántos miserables corrieron la suerte contraria?! En cambio, él seguía vivo; aunque por dentro ya no le quedaban mas que los traumas del pasado y de las batallas perdidas entremezclándose con sus vísceras y su irrigación sanguínea, a pesar de que la guerra se había ganado hace mucho… ¿o no?

Los recientes avistamientos de naves zvimerianas en la periferia del Sistema de Altair (segundo sistema planetario colonizado por los bejonkers) alertaron al Mando Central de Venuria.

Era imprescindible que los veteranos aún en servicio fueran enviados a las colonias y a las bases, a los portales, para preparar el siguiente despliegue de tropas espaciales, que tendría la misión de aplastar una vez más la amenaza zvimeriana.

¿Cómo era posible que esos monstruos sin planeta continuaran explorando el cosmos? ¿Tenían una nueva base, un nuevo planeta en el cual refugiarse? ¿O acaso habían dominado ya el secreto de los portales interestelares?
Fuese como fuese, no había tiempo que perder.

El coronel cojeó ágilmente hasta arribar a la pista de lanzamiento, donde abordó la nave más veloz de la base.

La torre de control estableció las coordenadas adecuadas para que el despegue fuera exitoso. Había de aprovecharse la órbita de Esteïga para enviar la nave del coronel al portal más cercano sin contratiempo alguno.

-Despegue en 40 segundos -comunicó una voz al coronel una vez que hubo abordado la nave.
Cada segundo se prolongaba hasta volverse casi eterno, tal como en un horizonte de eventos.

El dolor de la zanca y del abdomen mal reconstruido mitigaban la angustia del veterano Uskër, quien verificaba que la condición de su transporte espacial estuviese en orden.

-En tres, dos, uno… ¡Despegue!

Los motores de la nave proyectaron una potente onda invisible que propulsó el vehículo hacia arriba con una velocidad que se intensificaba paulatinamente -iba acelerando de manera exponencial a cada minuto, de manera que se aproximaba cada vez más rápido hacia los límites de la delgada atmósfera.

Muy pronto, el coronel se encontraría nuevamente en el profundo cosmos…
… tal como en los viejos tiempos.